Para una posible tipología de los espacios fronterizos

LAS FRONTERAS INTERIORES

Primero tenemos un territorio. Un territorio siempre ha de estar delimitado. Por ejemplo, el patio de un colegio en una ciudad cubierta de nubes, una ciudad con palomas en las plazas, con ambulancias sonando por el aire, una ciudad con olor a gasolina y comida. Un territorio dentro de un territorio. Un colegio cuyo patio de duro asfalto recibe las gotas escasas del aguacero que siempre está por declararse.
En ese espacio desierto la ocupación avanza según bloques horarios; un espacio de uso delimitado por las campanadas del recreo, por los gestos de los inspectores, por los gritos de los numerosos niños que se involucran en una partida de baloncesto y en otras formas comunes de aproximación.
Tenemos un incendio también en el colegio, un día gris como cualquier otro, un día perfectamente normal. Excepto que alguien ha encendido una cerilla y ha sentido el impulso fatal de decidir las cosas mediante la aproximación al fuego. La papelera del 3 º B arde, los pupitres, las mochilas con figuritas y superhéroes de plástico se achicharran bajo las llamas, la primera planta se ve envuelta en volutas de humo y así se deforma un espacio territorial atacado por la tragedia.
La destrucción de un territorio. El abatimiento de algunas fronteras. En un bar la gente se pregunta si es verdad lo que están viendo por la televisión.
Tres hombres de edad mediana sentados en los altos taburetes junto a la barra con los ojos clavados en el espectáculo.
Primero aparece un niño gritando: a sus espaldas el fuego con sus característicos colores anaranjados realizando la macabra danza de la abrasión. Imágenes sucesivas hablan en francés de un «desconcierto generalizado»: muerte, caos, destrucción, fallo de los sistemas. ¿Ha caído una frontera, ha cedido un puente?
Mientras tanto, las sirenas se multiplican por el aire de la periferia y confunden a los ancianos encargados de alimentar a las palomas. Las mujeres en la calle con sus cabezas cubiertas por el hiyab jalan de la mano a un menor que berrea en otro idioma, un idioma que tal vez no existe.

LAS FRONTERAS GEOGRÁFICAS

La habilidad de los esquimales para distinguir matices de nieve es legendaria. A los ojos de un inuit — siguiendo la denominación autóctona en uso en el Canadá — la tundra nevada es un infinito campo de tonalidades y texturas albinas. Un montículo nevado golpeado por la luz del atardecer nunca es un montículo-nevado-golpeado-por-la-luz-del-atardecer para un inuit. De hecho, la cantidad de diferencias que introduce una nevada copiosa le resultan inabordables a un nativo cuando se asoma desde su vivienda a la calma que sigue a la tormenta: afuera todo el paisaje ha cambiado en forma radical y el inuit tiene grandes dificultades para orientarse ante la aparición de nuevos colores albos. Es como si de pronto un indígena amazónico se encontrase con que todos los árboles del bosque hubiesen cambiado de sitio y brillaran con sus distintos tonos de verde en otra parte. Por eso el inuit espera con la mirada puesta en el horizonte mientras sopla el frío viento.
Según una extendida creencia popular la lengua de los inuit tiene un gran número de palabras para nombrar la nieve, «cientos de palabras para distintos estados y tipos de nieve, una lexicografía fabulosa de invierno, la irrebatible demostración de cómo la mente primitiva categoriza el mundo de forma distinta a nosotros», según explica G.K. Pullum en su ensayo The Great Eskimo Vocabulary Hoax. Sin embargo, nada de eso parece ser real. Al menos, en términos lingüísticos, el idioma que emplean los inuit (que al no estar unificado tiene además numerosas ramificaciones sobre un extenso y albo territorio) carece de más términos para la nieve que cualquier otro.
Todo deriva de un malentendido respecto a la naturaleza de los lenguajes polisintéticos. Ante un campo cubierto de nieve el esquimal no ve lo mismo que el forastero, pero tampoco es capaz de alcanzar el grado de distinción que el extranjero le ha impuesto mediante la mistificación de sus capacidades. Todo indica que la confusión la impone la ciencia, la antropología, más concretamente. Gracias a la publicación en 1911 del estudio The Handbook of North American Indians, Franz Boas, padre de la antropología en los Estados Unidos asume que «… tal como el inglés emplea términos derivados de una variedad de formas adoptadas por el agua (líquido, lago, río, arroyo, lluvia, rocío, ola, espuma) que pueden haberse formado mediante una morfología derivativa a partir de una raíz única que significa “agua” en otras lenguas, los esquimales emplean raíces aparentemente distintas: aput “nieve en el suelo”, gana “nieve que cae”, piqsirpoq “nieve empujada por el viento” y qimuqsuq “una racha de nieve”».
(«…just as English uses derived terms for a variety of forms of water (liquid, lake, river, brook, rain, dew, wave, foam) that might be formed by derivational morphology from a single root meaning ‘water’ in some other language, so Eskimo uses the apparently distinct roots aput ‘snow on the ground’, gana ‘falling snow’, piqsirpoq ‘drifting snow’, and qimuqsuq ‘a snow drift’.»)

LAS FRONTERAS IMAGINARIAS

«Este aparato inventado por MM. Auguste y Louis Lumière, permite recoger, en serie de tomas instantáneas, todos los movimientos que, durante cierto tiempo, se suceden ante el objetivo y reproducir a continuación estos movimientos, proyectando sobre una pantalla sus imágenes a tamaño natural ante la totalidad de la sala».
Sabemos que fue en 1895, una tarde de invierno en un pequeño sótano del Grand Café, en el número 14 del Boulevard des Capucines, en París. El anuncio del cartel quería atraer al público a contemplar la maravilla inventada por los hermanos Lumière: era una caja de madera que contenía el mundo en su interior, tal como el inconsciente guarda recuerdos remotos, textos aún por interpretar.
La primera vez no fueron muchos los que pagaron un franco por entrar a ver «fragmentos de realidad» durante casi media hora. Eran imágenes algo borrosas en blanco y negro: los operarios de una fábrica, en su mayoría mujeres, salen del trabajo por unas anchas puertas. Se ven sombreros y largos vestidos, hombres vestidos de oscuro con bigotes, algunos en bicicleta, un perro que entra y sale de la escena. Esta salida del turno laboral anuncia el inicio de una época completamente nueva en la historia humana. A través de una secuencia de escenas triviales, de gente que pasa caminando ante una cámara fija a una velocidad cultural incalculable, el doble del mundo comienza a tomar cuerpo. O mejor dicho, el mundo comienza a estar en otro lugar.
La reacción de los asistentes a la proyección fue una mezcla de conmoción y temor. No podían creer ni entender lo que estaba ocurriendo. «Una de las mujeres que estaba cerca de mí estaba tan absorta, que se levantó de un salto y no volvió a sentarse hasta que desapareció el coche de la pantalla», recuerda un periodista que asistió a la función. Hoy esas imágenes son un recuerdo imperfecto de la prehistoria visual: sólo un pueblo perdido en la selva más densa y recóndita del planeta podría impresionarse ante una proyección de esa naturaleza. Pero ya no quedan pueblos escondidos en la selva. Más bien contamos con «espacios protegidos» y con jardines interurbanos perfectamente delimitados por los ángulos de una ciudad poblada de edificios, grandes compartimentos de viviendas. Y dentro de cada una de esas cápsulas para vivir, una pantalla, el ojo del mundo.

LAS FRONTERAS POSTERIORES

Sesenta y cinco años después, el día 5 de noviembre de 1960, un grupo de agentes de la Policía Metropolitana coloca temporalmente dos cámaras sobre Trafalgar Square en Londres con la intención de seguir el comportamiento de la multitud reunida para celebrar la fiesta nacional de Guy Fawkes. Del otro lado de la pantalla se instala un grupo de observadores que desea vigilar el comportamiento de la masa, retener sus gestos, comprender y describir su mecánica. Ante sus ojos se constituye un hormiguero, una coreografía espontánea de ciudadanos reunidos en el espacio común de la ciudad. Hay gente que se acerca con melancolía a las hogueras, según atestiguan las cámaras, aunque nadie ha vuelto a ver esas grabaciones. Sin embargo, nueve años más tarde, se instala un sistema de vigilancia permanente en Grosvenor Square, Whitehall y en Parliament Square. Sólo los cuerpos del orden tienen acceso a este metraje en el que normalmente no pasa nada: día a día los operarios salen del trabajo, regresan en el metro a sus casas, manifiestan cansancio y apatía, indiferentes ante las cámaras que los filman permanentemente en distintos lugares de la ciudad. Las cámaras verifican/certifican la existencia del orden. Los humanos en su hábitat urbano se observan a sí mismos, se graban para comprobar sus actos. Eso ocurre en 1969, año en el que el hombre llega a la Luna, tal como las pantallas lo retransmitieron, con la ingrávida lentitud que caracteriza a esas imágenes de la nave Apolo y sus tripulantes: un gran muñeco blanco dando pasos con dificultad, flotando ante el Universo.

LAS FRONTERAS ETERNAS (O POÉTICAS)

Dice el poeta en El rapto de Lindberg: «Al amanecer los niños montaron en sus triciclos, y nunca regresaron».

Para una posible tipología de los espacios fronterizos

LAS FRONTERAS INTERIORES

Primero tenemos un territorio. Un territorio siempre ha de estar delimitado. Por ejemplo, el patio de un colegio en una ciudad cubierta de nubes, una ciudad con palomas en las plazas, con ambulancias sonando por el aire, una ciudad con olor a gasolina y comida. Un territorio dentro de un territorio. Un colegio cuyo patio de duro asfalto recibe las gotas escasas del aguacero que siempre está por declararse.
En ese espacio desierto la ocupación avanza según bloques horarios; un espacio de uso delimitado por las campanadas del recreo, por los gestos de los inspectores, por los gritos de los numerosos niños que se involucran en una partida de baloncesto y en otras formas comunes de aproximación.
Tenemos un incendio también en el colegio, un día gris como cualquier otro, un día perfectamente normal. Excepto que alguien ha encendido una cerilla y ha sentido el impulso fatal de decidir las cosas mediante la aproximación al fuego. La papelera del 3 º B arde, los pupitres, las mochilas con figuritas y superhéroes de plástico se achicharran bajo las llamas, la primera planta se ve envuelta en volutas de humo y así se deforma un espacio territorial atacado por la tragedia.
La destrucción de un territorio. El abatimiento de algunas fronteras. En un bar la gente se pregunta si es verdad lo que están viendo por la televisión.
Tres hombres de edad mediana sentados en los altos taburetes junto a la barra con los ojos clavados en el espectáculo.
Primero aparece un niño gritando: a sus espaldas el fuego con sus característicos colores anaranjados realizando la macabra danza de la abrasión. Imágenes sucesivas hablan en francés de un «desconcierto generalizado»: muerte, caos, destrucción, fallo de los sistemas. ¿Ha caído una frontera, ha cedido un puente?
Mientras tanto, las sirenas se multiplican por el aire de la periferia y confunden a los ancianos encargados de alimentar a las palomas. Las mujeres en la calle con sus cabezas cubiertas por el hiyab jalan de la mano a un menor que berrea en otro idioma, un idioma que tal vez no existe.

LAS FRONTERAS GEOGRÁFICAS

La habilidad de los esquimales para distinguir matices de nieve es legendaria. A los ojos de un inuit — siguiendo la denominación autóctona en uso en el Canadá — la tundra nevada es un infinito campo de tonalidades y texturas albinas. Un montículo nevado golpeado por la luz del atardecer nunca es un montículo-nevado-golpeado-por-la-luz-del-atardecer para un inuit. De hecho, la cantidad de diferencias que introduce una nevada copiosa le resultan inabordables a un nativo cuando se asoma desde su vivienda a la calma que sigue a la tormenta: afuera todo el paisaje ha cambiado en forma radical y el inuit tiene grandes dificultades para orientarse ante la aparición de nuevos colores albos. Es como si de pronto un indígena amazónico se encontrase con que todos los árboles del bosque hubiesen cambiado de sitio y brillaran con sus distintos tonos de verde en otra parte. Por eso el inuit espera con la mirada puesta en el horizonte mientras sopla el frío viento.
Según una extendida creencia popular la lengua de los inuit tiene un gran número de palabras para nombrar la nieve, «cientos de palabras para distintos estados y tipos de nieve, una lexicografía fabulosa de invierno, la irrebatible demostración de cómo la mente primitiva categoriza el mundo de forma distinta a nosotros», según explica G.K. Pullum en su ensayo The Great Eskimo Vocabulary Hoax. Sin embargo, nada de eso parece ser real. Al menos, en términos lingüísticos, el idioma que emplean los inuit (que al no estar unificado tiene además numerosas ramificaciones sobre un extenso y albo territorio) carece de más términos para la nieve que cualquier otro.
Todo deriva de un malentendido respecto a la naturaleza de los lenguajes polisintéticos. Ante un campo cubierto de nieve el esquimal no ve lo mismo que el forastero, pero tampoco es capaz de alcanzar el grado de distinción que el extranjero le ha impuesto mediante la mistificación de sus capacidades. Todo indica que la confusión la impone la ciencia, la antropología, más concretamente. Gracias a la publicación en 1911 del estudio The Handbook of North American Indians, Franz Boas, padre de la antropología en los Estados Unidos asume que «… tal como el inglés emplea términos derivados de una variedad de formas adoptadas por el agua (líquido, lago, río, arroyo, lluvia, rocío, ola, espuma) que pueden haberse formado mediante una morfología derivativa a partir de una raíz única que significa “agua” en otras lenguas, los esquimales emplean raíces aparentemente distintas: aput “nieve en el suelo”, gana “nieve que cae”, piqsirpoq “nieve empujada por el viento” y qimuqsuq “una racha de nieve”».
(«…just as English uses derived terms for a variety of forms of water (liquid, lake, river, brook, rain, dew, wave, foam) that might be formed by derivational morphology from a single root meaning ‘water’ in some other language, so Eskimo uses the apparently distinct roots aput ‘snow on the ground’, gana ‘falling snow’, piqsirpoq ‘drifting snow’, and qimuqsuq ‘a snow drift’.»)

LAS FRONTERAS IMAGINARIAS

«Este aparato inventado por MM. Auguste y Louis Lumière, permite recoger, en serie de tomas instantáneas, todos los movimientos que, durante cierto tiempo, se suceden ante el objetivo y reproducir a continuación estos movimientos, proyectando sobre una pantalla sus imágenes a tamaño natural ante la totalidad de la sala».
Sabemos que fue en 1895, una tarde de invierno en un pequeño sótano del Grand Café, en el número 14 del Boulevard des Capucines, en París. El anuncio del cartel quería atraer al público a contemplar la maravilla inventada por los hermanos Lumière: era una caja de madera que contenía el mundo en su interior, tal como el inconsciente guarda recuerdos remotos, textos aún por interpretar.
La primera vez no fueron muchos los que pagaron un franco por entrar a ver «fragmentos de realidad» durante casi media hora. Eran imágenes algo borrosas en blanco y negro: los operarios de una fábrica, en su mayoría mujeres, salen del trabajo por unas anchas puertas. Se ven sombreros y largos vestidos, hombres vestidos de oscuro con bigotes, algunos en bicicleta, un perro que entra y sale de la escena. Esta salida del turno laboral anuncia el inicio de una época completamente nueva en la historia humana. A través de una secuencia de escenas triviales, de gente que pasa caminando ante una cámara fija a una velocidad cultural incalculable, el doble del mundo comienza a tomar cuerpo. O mejor dicho, el mundo comienza a estar en otro lugar.
La reacción de los asistentes a la proyección fue una mezcla de conmoción y temor. No podían creer ni entender lo que estaba ocurriendo. «Una de las mujeres que estaba cerca de mí estaba tan absorta, que se levantó de un salto y no volvió a sentarse hasta que desapareció el coche de la pantalla», recuerda un periodista que asistió a la función. Hoy esas imágenes son un recuerdo imperfecto de la prehistoria visual: sólo un pueblo perdido en la selva más densa y recóndita del planeta podría impresionarse ante una proyección de esa naturaleza. Pero ya no quedan pueblos escondidos en la selva. Más bien contamos con «espacios protegidos» y con jardines interurbanos perfectamente delimitados por los ángulos de una ciudad poblada de edificios, grandes compartimentos de viviendas. Y dentro de cada una de esas cápsulas para vivir, una pantalla, el ojo del mundo.

LAS FRONTERAS POSTERIORES

Sesenta y cinco años después, el día 5 de noviembre de 1960, un grupo de agentes de la Policía Metropolitana coloca temporalmente dos cámaras sobre Trafalgar Square en Londres con la intención de seguir el comportamiento de la multitud reunida para celebrar la fiesta nacional de Guy Fawkes. Del otro lado de la pantalla se instala un grupo de observadores que desea vigilar el comportamiento de la masa, retener sus gestos, comprender y describir su mecánica. Ante sus ojos se constituye un hormiguero, una coreografía espontánea de ciudadanos reunidos en el espacio común de la ciudad. Hay gente que se acerca con melancolía a las hogueras, según atestiguan las cámaras, aunque nadie ha vuelto a ver esas grabaciones. Sin embargo, nueve años más tarde, se instala un sistema de vigilancia permanente en Grosvenor Square, Whitehall y en Parliament Square. Sólo los cuerpos del orden tienen acceso a este metraje en el que normalmente no pasa nada: día a día los operarios salen del trabajo, regresan en el metro a sus casas, manifiestan cansancio y apatía, indiferentes ante las cámaras que los filman permanentemente en distintos lugares de la ciudad. Las cámaras verifican/certifican la existencia del orden. Los humanos en su hábitat urbano se observan a sí mismos, se graban para comprobar sus actos. Eso ocurre en 1969, año en el que el hombre llega a la Luna, tal como las pantallas lo retransmitieron, con la ingrávida lentitud que caracteriza a esas imágenes de la nave Apolo y sus tripulantes: un gran muñeco blanco dando pasos con dificultad, flotando ante el Universo.

LAS FRONTERAS ETERNAS (O POÉTICAS)

Dice el poeta en El rapto de Lindberg: «Al amanecer los niños montaron en sus triciclos, y nunca regresaron».