Instantáneas

En la pequeña ciudad de Amersfoort, en el centro de Holanda, es sencillo identificar los edificios en los que viven los inmigrantes, en gran parte provenientes de Marruecos. Parecidos, en un sentido, a las Supercuadras de Brasilia, su frente presenta el rasgo no fortuito de estar homogéneamente tapizado de antenas parabólicas. La visualidad no es neutra. Permite identificar el área en el que viven grupos provenientes de otros países e introducir algunas consideraciones acerca de los límites y las fronteras en zonas en los que estos deben, cada día, volver a negociarse.
Estamos demasiado acostumbrados a analizar el cambio tecnológico que introdujo la web y los nuevos medios desde una perspectiva encantada (el mundo puede comunicarse mejor, más rápido, la aldea global que anticipara Marshall MacLuhan en los 50 se ha concretado) o anacrónicamente escéptica (no se leerán más libros, los niños aprenderán los errores que reproduce Internet). Pero como poco podemos augurar sobre el mundo que vendrá, en tanto este se adelanta, generalmente, a nuestros anticipos más aventurados, lo que nos queda es describirlo en su estado actual.
Volvamos a las consecuencias que tienen las antenas parabólicas en relación con las formas de integración de los que recientemente residen en Holanda. ¿La tecnología es en este caso un puente o frontera? ¿Qué une y qué separa? Por un lado, contrarresta poderosamente el mal del desarraigo, como el que experimentaba aquel emigrado que a principios del siglo XX subía a un barco y llegado a América casi nunca regresaba a su lugar de origen. En América comenzaba una nueva vida, sus hijos se integraban lingüística, cultural y socialmente a partir de la fuerza homogeneizadora de la escuela pública; desconocían, casi por completo, que su familia había llegado de Europa. Los exilios políticos y económicos marcados por las dictaduras y las crisis económicas en Latinoamérica, llevó a estos descendientes a gestionar ciudadanías y pasaportes en largas colas de embajadas en las que no se les decía, precisamente, que iban a ser bien recibidos.
El gran edificio con parabólicas habla de puentes y fronteras. Ubicado en una ciudad de Holanda, viven allí familias que ven programas de televisión de sus países de origen. Los adultos y los niños están al tanto del último episodio de la novela de la tarde o del programa infantil. Conocen a sus protagonistas y héroes, y esto les permite hablar entre ellos, cotidianamente, de temas que el resto de la sociedad desconoce. Los medios de comunicación habilitan el puente cotidiano con su lugar de origen y consolidan las fronteras culturales que guardan con la sociedad en la que trabajan y en la que sus hijos participan del sistema escolar de una cultura que busca elaborar dispositivos para la integración, pero que cotidianamente los discrimina. «Mi “casa” no es mi domicilio, tampoco el vecindario donde habito… Mi “casa” es mi papá, mi mamá, mis primos y primas», explica Mirne, joven del Líbano que vive en Francia, entrevistada por Pat Badani (From Where Are You From ?, 2009, presentada en la exposición «Extranjerías», Fundación Espacio Telefónica, Buenos Aires, 2009). Y un poco más adelante concluye: «Como libanesa siempre soñé con tener otra nacionalidad. ¿Por qué ? Porque siempre soñé con viajar sin ser tratada de manera humillante».
Los ejemplos remiten a lo complejo que es establecer una división tajante entre dos nociones que, en principio, designan campos de sentidos contrarios. Lo que es un puente puede volverse una frontera y viceversa. Son términos contaminados y fluctuantes, que el mundo global ha vuelto inestables. Como sucede también con la noción de extranjería, que pensada como una metáfora, trastorna la clásica representación del extranjero como el emigrado, el desarraigado, el otro, el distinto. Podemos ser extranjeros en nuestra propia ciudad (cada cultura, señala Alejandro Grimson, construye su propia «caja de herramientas identitarias», con las que clasifica y desclasifica a sus integrantes). Podemos, incluso, ser extranjeros en nuestra propia casa, cuando nuestros hijos, nativos digitales, tienen que socorrernos en el aprendizaje de tecnologías. La era digital habilita puentes infinitos, insospechados, y al mismo tiempo levanta fronteras con quienes tenemos más cerca.
¿Quién establece los límites o las zonas de contacto? ¿Cómo se definen en la época de la cultura global, en la que al mismo tiempo que las fronteras nacionales se perforan, se elevan nuevas fronteras culturales? Sin duda el arte ofrece un campo excepcional para explorar la resemantización de estos términos. Los artistas exploran el potencial de este desmarcamiento continuo, de este fluir entre el estar dentro y el estar fuera. La forma de producir obras ya no se vincula a un contexto relativamente establecido (el de origen o el de adopción), sino que fluctúa entre muchos contextos posibles. El viaje modernista, en el que el artista residía un tiempo en las metrópolis del arte para aprender allí los nuevos lenguajes, introducirse en el mundo internacional del arte o retornar a su lugar de origen para incorporar lo nuevo en su cultura, ha sido desplazado por el continuo fluir entre las bienales y sus ciudades — las bienales, en un sentido, se han convertido en pequeñas ciuda des — en las que instalan sus proyectos. A veces estos se vinculan con los contextos en los que se proponen actuar (pienso en la performance de Tania Bruguera en la Bienal de La Habana de 2009), otras remiten a sus contextos de origen (como sucedió con la instalación de Teresa Margolles en la Bienal de Venecia de 2009). Las obras actúan en las fronteras y al mismo tiempo ponen en escena zonas de tránsito y mediaciones. Ningún saber responsable en el mundo contemporáneo puede plantearse al margen de la proyección de un puente. Puente entendido no tanto como lugar de tránsito, sino como el interés en conocer al otro o, más aun, estar en el lugar del otro.
Es cierto que, como señala Eduard Said, es necesario establecer una diferencia entre el viaje modernista, romántico, del solitario flâneur y el outsider despersonalizado de las migraciones masivas que se producen después de la Segunda Guerra Mundial y que, podemos agregar, se han intensificado profundamente en los últimos quince años. Él propone considerar el mundo entero como tierra extranjera. Lo cierto es que esta unificación distributiva borra el hecho de que cada día establecemos puentes y fronteras con lo que nos rodea. Fuera del marco político negociamos nuestras diferencias. La pregunta por el otro lejano se transforma en una pregunta por el que tengo al lado y por mí mismo, cuando me interrogo acerca de quién soy, de dónde vengo, qué me gusta hacer.
Afincados en nuestro lugar de origen apenas podemos percibir el sentido social y violento de las formas más crueles de extranjería (combatidas con guerras, masacres y un sofisticado repertorio de tácticas de discriminación). Se vuelven entonces visibles las diferencias más sutiles y cotidianas que se ubican en una noción de extranjería como extrañeza, como el estar fuera de lugar. Los artistas han explorado intensamente el repertorio de la extranjería tanto en sus sentidos literales como metafóricos. Pensemos en la obra de Santiago Sierra para la Bienal de Venecia de 2003, en la que exponía en el pabellón español de forma contundente, hasta qué punto España se transforma, día a día, en cancerbero de Europa. El público de la Bienal podía experimentar, si no tenía pasaporte español para entrar al pabellón, la misma exclusión que sienten africanos y latinoamericanos cuando llegan a las costas de España o al aeropuerto de Madrid y son devueltos a su país de origen. Si no se pertenece y se
demuestra con papeles, no se puede ingresar.
Pero los artistas también han considerado el potencial creativo del estar entre dos culturas, mediando, traduciendo, aprendiendo. Han considerado aquella dimensión inscripta en el término extranjero entendido como extraño, pensando el rol creativo de la extrañeza: la posibilidad de darle forma a la duda acerca de cómo esta ordenado el mundo. Las acuarelas de Jorge Macchi llevan este desconcierto al papel, provocando confusión acerca de la identidad de los objetos que representa. Cada uno de ellos puede verse como una inesperada metáfora de la duda acerca de la identidad y de los límites de los objetos. Como sucede con el delicado borde de un cerebro, cuando este parece tener la inesperada capacidad de generar lluvia, de convertirse en la copa de un árbol o de asimilarse al plano de una ciudad que se organiza dentro de los límites del dibujo. Un descolocamiento respecto de las identidades de las cosas que nos lleva a preguntarnos por sus confines y conjunciones. Así sucede también con las hojas que pega en la pared, vaciadas de cuadrículas, pentagramas y renglones, que se han desplazado a la superficie del muro. ¿ Qué son esas hojas alienadas ? Cuando decidimos traspasar la frontera de la duda y miramos detrás de ellas, nos encontramos ante una identidad en tránsito, la de las más simples líneas de un papel que, tímidas (Shy), se han escondido detrás del mismo.
Extraño es un término que también remite al potencial creativo del extranjero. Aquel que le permite soslayar fronteras, construirlas, levantar puentes y dinamitarlos elaborando las más sutiles tácticas para transitar por un mundo que, si bien es cierto que en los últimos años se volvió más violento y excluyente, ha definido también nuevas geografías. En el campo del arte, marcadas no tan sólo por las tradicionales metrópolis, sino también por la diaria multiplicación de bienales que marcan la visibilidad de grandiosas ciudades desde el circuito del arte o por iniciativas de seminarios, workshops, conferencias y presentaciones que generan una nueva modalidad de artista viajero. Los nuevos puentes y fronteras han desdibujado el sentido que anteriormente asignábamos a estos términos. Más que su existencia, lo que cuenta es el acto imaginario de pensarlos y atravesarlos con poéticas, traslados, reconocimientos, extrañamientos y reidentificaciones. La necesidad de acortar las distancias ha permitido a los artistas pensar el mundo desde los aeropuertos, los hoteles, o en el intercambio con una comunidad intelectual que resulta, por unos días, demasiado cercana (casi como una familia) y luego se vuelve infinitamente distante.
La frontera señala todo aquello que no me pertenece, aquello que no soy. La experiencia de una pérdida puede subvertirse en la expresión de un deseo. Leonardo Solaas propuso construir un mapa de deseos (www.wishcafe.com) en el que otros se identifican con aquello que yo deseo. En la red se construyen puentes y nuevas comunidades entre quienes desean lo mismo. Probablemente nunca se conocerán ni compartirán una taza de café. Pero se reconocen, en la pantalla, con aquellos otros que desearon lo mismo. La frontera se convierte en un puente intangible, imaginario, poético. ¿Qué otra cosa es el arte sino el espacio para pensar lo imposible?