El viaje de Bamba
IMÁGENES

Desde muy joven siempre he tenido la idea de que Europa era lo mejor para tener una vida bastante aceptable, hoy me gustaría seguir creyendo eso pero viviendo lo que estoy viviendo con mis compañeros de piso, es algo casi imposible, por lo menos de momento.
De verdad pensaba que cuando llegara a España iba a encontrar un trabajo a mi gusto, un trabajo que me permitiera mantener a mi familia y sobre todo tener un éxito en mi vida. Pero hoy en día, por lo mucho que podemos contar, el futuro del inmigrante y además sin papeles es muy oscuro, difícil en todos los sentidos, con las leyes que no paran de endurecerse, con las pateras que no paran de llegar y con la crisis que cada vez se hace más profunda… Todo esto me ha hecho pensar que ya no vale la pena abandonar tu país de origen por venir a Europa o jugarse la vida en un cayuco para vivir en España.
Yo fui una de las personas que se jugó la vida para venir a España. Tras seis años buscando un visado que no pude conseguir, decidí lograr mis sueños a costa de lo que fuera. En el verano de 2006, en Senegal, la cantidad de pateras que salían eran muchas, sería impensable saber la cifra exacta. Este fue un período muy extraño donde todo el mundo parecía volverse loco por coger una patera para llegar a Europa. Según los medios de comunicación de Senegal, los sitios de embarcación de estas pateras eran los pueblos de los pescadores. Yo embarqué en uno de ellos que era el pueblo de mi madre, Kayar. Este día me marché a casa a las once de la mañana después de comer. Mi madre y mis hermanos no estaban en casa. Se habían ido a una ceremonia religiosa. Estaba mi mujer, mi hijo y yo en casa. Junto con un amigo me despedí de mi mujer quien me preguntaba dónde iba. Le dije que iba a dar un paseo a la playa. Yo y mi amigo cogimos un autobús rumbo a Kayar. Cuando llegamos a las cuatro de la tarde a la estación de autobuses de Kayar, la policía estaba haciendo un control porque en ese momento el gobierno de Senegal había decidió movilizar todos los agentes de policía para poner fin al fenómeno de las pateras. Entonces toda la gente que llegaba a este pueblo con maleta de viaje eran arrestados. Este día tuvimos suerte porque no llevábamos maleta ni nada que hiciera sospechar. Mi tío nos había preparado un cuarto en la residencia de mis abuelos para esperar la hora de partir. Mi tío tenía relación con el mafioso que organizaba el viaje, un hombre tan buscado por la policía… Este día nunca pensé que íbamos a viajar, en África el nivel de corrupción es tan elevado que se puede conseguir lo que sea con dinero porque seguramente los agentes de policía cobraban por cada patera que salía. Los mafiosos tenían a la policía en sus bolsillos. Al final conseguimos salir a las doce de la noche. Antes de esto, decidí llamar a mi mujer y contarle la verdad. Le expliqué brevemente que iba a coger una patera rumbo a España. No le dejé el tiempo para contestar porque seguramente me podría decir algo que me hiciera cambiar de opinión. Le dije que rezara por mí y cuidara de mi hijo y que la quería mucho. Un cayuco pequeño efectuaba el trayecto entre la playa y la patera que estaba a cinco kilómetros de la costa. Éramos los primeros en llegar a la patera. Una vez en ella, había muy poca gente. Detrás había dos motores, un montón de bidones que seguro llevaban carburante y agua. En el medio se habían colocado unas maderas como banquillos y delante se había puesto toda la comida. Para comer llevábamos leche, galletas, arroz y azúcar. Después de una hora, la patera estaba llena de gente. No había ni un sitio para poner un pie. Pero este viaje es tan ilegal que no se podía poner orden. Los mafiosos metían tanta gente como si fuéramos mercancía. Cuando llegó el momento que no cabía ni una mosca en la patera, el capitán, un hombre pescador, decidió partir. Entonces era la hora del discurso de despedida: «Este viaje es el viaje de Barça o Barzaq», que significa literalmente, «o Barcelona o el más allá». «Si alguien no está dispuesto a lograr este sueño, hasta morir por él, que se despida ahora. No habrá marcha atrás.» Los momentos que siguieron a este discurso eran muy emocionantes. Algunos se habían decidido a abandonar porque muchos de ellos habían empezado ya a vomitar. La mayoría de la gente que ha hecho este viaje son víctimas de las falsas informaciones que les habían dado los mafiosos. Jamás estuvieron en una patera. Así que la noche del sábado al domingo 27 de agosto de 2006, partimos para España. Nuestro primer día de viaje fue una noche tranquila de luna llena, una noche muy silenciosa. Sólo se escuchaba el ruido del motor y la patera que chocaba contra el agua. Ninguno de nosotros decía una sola palabra. Parecía que nuestras almas se habían desconectado de nuestros cuerpos. Atrás se podía ver las últimas luces del pueblo. Nos estábamos alejando de lo que fueron nuestras vidas, nuestros orígenes, nuestra identidad, lo que de verdad éramos. Aquella noche la mayoría de la gente no comió nada. Tantos vomitaron hasta ponerse enfermos que no había ganas de comer. Era una locura. Acabábamos de darnos cuenta. Eso no había hecho nada más que empezar. El día siguiente, después de dormir sentado toda la noche, nos dolía todo el cuerpo. Algunos tenían fiebre, otros parecían a punto de perder la conciencia. El capitán, con su equipo, intentaba ayudar a los que ya no podían más. Al mediodía, el cocinero que había hecho arroz, repartió la comida a la gente que aún podía comer algo. No había nada más que agua por todas partes, el cielo y el sol. No se podía saber si íbamos al norte, al sur, al este o al oeste. Para mí era un viaje sin sentido, un viaje hacia la muerte segura. Los primeros cuatro días fueron iguales hasta que se cambió el tiempo. Allí, justo, llegamos al infierno. El mar se había puesto horrible y nuestra patera empezó a hacer aguas. Tanto que decidí con mi amigo organizar un grupo para achicar agua. Pero cada vez que sacábamos un recipiente de agua fuera, parecía que no habíamos hecho nada. En este momento pensé que nos íbamos a hundir y la mayoría de la gente empezaba a llorar. Es muy difícil ver un adulto llorar pero tenían razón, la situación era desesperada. Parecía que no avanzábamos hacia ninguna parte, sólo había mar, el horizonte no estaba para nosotros. Pensé que habíamos caído en una trampa. Era una locura pensar que una patera podía llegar hasta España. Todo esto volvió locos a algunos de mis compañeros y empezaron a ver alucinaciones. Se querían tirar al agua y por la noche, algunos se tiraron al mar. No era para suicidarse, pensaron que estaban aún en tierra. Decían sentir la llamada de sus hijos o sus madres, esperándoles en el fondo del mar. Había gente despellejada por la sal, con heridas profundas en la boca, las piernas o el rostro. Muchos de mis compañeros de viaje no querían moverse ni para hacer sus necesidades y permanecían inmóviles inmersos en sus propios excrementos. Otros, recitaban sin parar versos del Corán. Todo esto no le afectaba a ninguno de los pescadores que manejaban la patera, acostumbrados al mar. Los tres últimos días fueron así, hasta que llegó la tarde del viernes y divisamos luces en el horizonte. Parecía que llegábamos a tierra. O tal vez un barco… Era la salvación para nosotros. Por fin encontramos lo que buscábamos, tierra firme, nada más.
Sábado 2 de septiembre de 2006. Llegué a la Isla del Hierro. Nunca había visto una isla tan grande. Eran las nueve de la mañana hora local, nuestra patera arribaba con setenta y cuatro personas a bordo. Había nueve menores, éramos todos hombres. Jamás había visto tantos hombres blancos, el olor que venía de ellos me mareaba, la mayoría llevaban uniforme de color rojo y blanco, otros vestían de verde y otros usaban uniforme de color azul oscuro. Nos sacaban del cayuco, nos colocaban para contarnos. Algunos de nosotros apenas podíamos andar, nos quitaban la ropa y nos daban otra nueva. De lejos se podía ver gente apoyada en sus ventanas viendo un escenario que yo pensaba que era inhabitual para ellos. Un hombre con uniforme que seguramente era policía, se puso delante de nosotros y nos hizo la siguiente pregunta: «¿Quién habla castellano aquí ?». Esta pregunta se quedó sin respuesta. Volvió a hacerla otra vez pero en francés, y tampoco consiguió respuesta aunque la hizo una tercera vez en inglés. Después de unos minutos decidí hablar con él porque no había más que hacer. Aunque tenía miedo dije: yo hablo castellano. Este agente, con un gesto de sorpresa, volvió otra vez a hacerme la misma pregunta y yo la misma respuesta. Allí empecé mi primer trabajo en España, me convertí en un traductor.
Después de pasar dos días en la Isla del Hierro, nos trasladaron a Tenerife a un centro de acogida que se llamaba Las Raíces, en realidad era un campo militar. Este centro tenía dos partes, una para los militares y la otra para nosotros que a su vez se dividía en otras dos partes llamadas Campamento A y Campa- mento B. Yo estaba en el B que era más grande, casi el doble que el A. Tenía ciento veintiocho tiendas, dos duchas grandes, dos comedores enormes, más de veinte servicios y la tienda de los policías. Cada tienda era ocupada por veinticuatro personas y veinticuatro camas. No es difícil imaginar el mundo que teníamos allí. Cada día yo tenía que organizar el reparto del desayuno, la comida y la cena. Colocaba a la gente en filas según las pateras a las que pertenecían. Cada grupo de patera, desde su tienda, tenía que hacer dos filas andando como militares hacia el comedor. Cuando a uno le tocaba su turno de comer, otros tenían que esperar en pie hasta que terminaran los primeros. Así, apenas había tiempo para que acabaran las 3072 personas de tomar el desayuno cuando aparecía el camión de la comida, y lo mismo pasaba con la cena. Cada vez que surgía un problema, lo que sea, me tocaba trabajar, era un trabajo sin descanso, sin horarios, sin sueldo. Tenía que llevar todas las mañanas unas cuarenta personas para buscar agua en el campamento A, y llevar a los enfermos a la Cruz Roja, limpiar todo el campamento con un grupo elegido por la policía que luego recibían comida a cambio de sus trabajos. Así, aparte de mi trabajo, también debía solucionar las peleas entre personas, organizar las salidas y las llegadas, atender a la gente que le hacía falta materiales como ropa, camisetas, pantalones, zapatos, productos para lavar la boca, para afeitar, etc. Esto fue mi vida diaria en este centro durante casi tres meses.
Normalmente, en este centro de acogida el tiempo legal que debe estar una persona es de cuarenta días pero, después de cumplir el período legal, me pidió el jefe de policía que me quedara para trabajar con ellos a cambio de arreglarme los papeles. Esta propuesta era inesperada para mí. Entonces seguí allí durante un mes y medio más. Ya no dormía en el centro. Cada tarde, un inspector me recogía para llevarme a su casa y viví allí durante el tiempo en que trabajé gratis en este centro. Nos levantábamos de madrugada para ir al trabajo y el trayecto hacia el centro me permitió ver más o menos lo maravilloso que era Tenerife, un lugar de ensueño. Pero después de que me consiguieran un precontrato me informaron que no podían arreglarme los papeles porque según la ley eso era imposible antes de tres años. Este inspector me dijo que era mejor que me fuera porque no me darían nunca lo prometido. Me conseguí un billete de avión para Málaga a través de la Cruz Roja. Me fui de Tenerife. Llegué a Málaga por la noche y cogí un autobús para Almería donde vivía mi primo.
Una vez en Almería encontré a mi primo que llevaba ya dos años en España. Él me recogió en la estación de autobuses de Roquetas del Mar. Era un miércoles por la tarde. Mi primo vivía en el barrio de las doscientas viviendas, un barrio muy famoso porque casi el noventa y cinco por ciento de la gente que vive allí son inmigrantes; senegaleses, malienses, ghaneses, nigerianos, marroquíes y rumanos. El piso donde estaba viviendo mi primo tenía dos dormitorios y un salón ocupado por seis personas, todas se dedicaban a la venta de CD piratas. Después de un día de reconocimiento del terreno me fui a buscar un trabajo en los campos que no conseguí porque había tanta gente que no había trabajo para todos. Entonces me quedaba una opción, que era la de la venta de los CD piratas. Esta venta se hacía en los mercadillos que tenían lugar en algunos sitios de Almería. Mi primo me dio una mochila con más de noventa CD y películas y una manta con cuerdas que servía para poner en el suelo. Un trabajo horroroso que no tiene nada que ver con un trabajo normal, porque siempre estás pendiente de algún agente de policía que te puede pillar y llevarte a la comisaría. A mí de verdad este trabajo me daba mucha vergüenza. Me veía mal y muy ridículo cogiendo una manta y corriendo entre la gente, aunque con esto me ganaba un poco la vida. Catorce días pasaron y llegó el día en que me pilló la policía con un coche en el que llevábamos películas, CD piratas y perfumes. Mi primo decidió llevarse la culpa por lo que le condenaron a ocho meses de cárcel y tres mil euros de multa. Entonces estaba solo en España, ni familia ni amigos, ni conocidos, ni nadie, el vacío total, con un dormitorio que pagar cada mes que me había alquilado mi primo en un piso frente al suyo, con una máquina para grabar CD y DVD, un montón de copias falsas y CD vírgenes. Este piso lo compartía con dos personas de origen nigeriano, un hombre que no sabía a qué se dedicaba y una mujer con su niña pequeña que seguro era prostituta. Después de dos días de caos, de confusión, buscando abogado para mi primo, decidí al fin seguir adelante y sustituir a mi primo en el negocio de los CD que le costó la cárcel. Desde entonces solamente grababa y vendía a la gente que iba al mercadillo. Alquilaba un coche para ir a Granada, comprando el material que necesitaba, CD vírgenes, copias, plásticos, etc.
Siete meses pasaron y cada vez el negocio me salía menos rentable. Decidí moverme. Era ya junio de 2007, un mes que nunca olvidaré como aquel octubre de 2006 cuando, estando en la Playa de los Cristianos en Tenerife me llamaron por teléfono para anunciarme que mi mujer había tenido un niño. Estaba embarazada de siete meses cuando me marché de casa. Aquel día estaba feliz y triste a la vez pero hoy se trataba de una mala noticia, acababa de perder a mi padre. Cada día, a cada momento se muere la gente sin que te des cuenta pero solamente hace falta que le toque a uno de tus seres queridos para que te enteres realmente lo cruel que es la muerte. Yo amaba a mi padre y me gustaría mucho volver a verlo, a compartir con él sus últimos días de vida. En realidad este hombre lo era todo para mí, una referencia, la seguridad, en definitiva un padre en todos los sentidos. Tenía una enfermedad que había afectado a su corazón. Después de diez días en el hospital volvió a casa y perdió la vida después de cenar. Era un martes. Este día hablé con él por teléfono y hoy cuando me acuerdo entiendo por qué me había dicho aquellas palabras… un discurso sobre la vida, lo corta que es. Me dijo que siempre hay que rezar y hacer cosas buenas como si fueras a morir mañana, pero al mismo tiempo trabajar y adaptarse en el lugar donde vives como si nunca fueras a morir. Este día lloré durante toda la noche. Cada vez que me pasan por la cabeza las imágenes de mis dos hijos y mi padre me pregunto si la vida que llevo vale la pena vivirla, tan lejos de casa, de mi gente, de mis seres queridos. Estos días, de verdad, fueron los peores de mi vida. En ese momento pensé realmente volver a casa, pero al final decidí ir a Madrid.
Vine a Madrid una semana después de la muerte de mi padre. Aquí también me esperaba una nueva oportunidad. Llegué un viernes a las seis de la mañana a la estación Sur de Méndez Álvaro. Cogí un taxi que me llevó al barrio de Lavapiés donde vivía un amigo de la infancia, en la calle Jesús y María. Allí encontré algo que no me imaginaba, un piso patera. Se trata de un piso donde vivía mucha gente. En este había doce personas, apenas se podía encontrar un rincón donde pasar la noche, era un verdadero agujero que le había alquilado a un bangladesh por 1.200 € al mes. Este piso tenía cuatro dormitorios y un salón. Allí también, como en Almería, era a la venta de los CD piratas a lo que se dedicaban los que vivían allí. Al día siguiente cogí mi mochila y fui a buscarme la vida por donde fuera. Después de un rato en la Renfe bajé en una ciudad llamada Torrejón de Ardoz. Allí encontré gente de Ecuador ejerciendo esta venta ilegal en una calle peatonal cerca de la Plaza Mayor. De verdad en este sitio me iba muy bien porque cada tarde al menos podía conseguir 50 €, pero cuanto más arriba subes más dura es la caída. Después de un mes de venta me pilló la policía local con un chico de Ecuador y pasé mi primera noche en prisión. Esta noche pensé que el mundo se había parado porque después de que me metieran en este cuarto cerrado con puertas de hierro ya no podía saber ni la hora ni el tiempo, nada del mundo exterior, esto fue una experiencia muy dolorosa para mí. Al día siguiente me llevaron al juzgado y la jueza me dictó una sentencia. Mi abogado me informó que me tocaba firmar cada día uno y quince del mes. Regresé a casa muy hundido, tan hundido que ya no quería ni oír hablar de los CD. Se me fueron las ganas de vivir. Ya no tenía valor para hacer este trabajo. No pasaba ni un día sin que uno de mis compañeros de piso pasara la noche en la comisaría. Nunca había visto tanta seguridad en las calles de Madrid. Ahora parece que toda la gente que lleva gafas de sol son de la policía secreta. Había que buscarse otra cosa, fuera lo que fuera.
Después de un mes de inactividad la gente con la que vivía decidieron cambiar de piso y dividirse en diferentes lugares. Encontramos un piso cerca de la plaza de Lavapiés, con tres dormitorios y un salón. El dueño era un hombre de Pakistán que nos pidió una tarjeta de residencia para hacer el contrato y 3.600 € para la fianza. Le dimos una parte. En un papel este señor escribió y reconoció haber recibido 1000 € de nosotros y firmó con su DNI. Se quedó con una copia y nos dio la otra, pero una semana después, cuando le pedimos que nos devolviera el dinero porque no teníamos la parte que faltaba, este señor se negó a devolvérnoslo porque dijo que había caducado la fecha del precontrato. Después de discutir con él vino la policía y los agentes nos informaron que no se podía hacer nada porque el precontrato era ilegal y no teníamos pruebas suficientes para culpar a este señor. La verdad es que la primera cosa que aprendes cuando estás aquí es que no te puedes fiar de nadie, ni de ti mismo. Este tío nos había robado el dinero. Al final reunimos el dinero suficiente para conseguir otro piso de dos habitaciones en Lavapiés que costaba 850 € al mes. Desde el principio éramos seis personas. Era ya agosto de 2007.
Un mes después conseguí un trabajo en San Martín de la Vega en un almacén de andamios. En este almacén trabajé siete meses seguidos cobrando 50 € al día y pagando 100 € por los papeles que me había alquilado un señor de origen ghanés. En este país puedes trabajar con los papeles de otro porque la mayoría de los blancos creen que todos los negros son iguales y no pueden distinguir unos de otros. Cada día me levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar pero en nuestro piso de verdad no se puede vivir si estás trabajando porque cada vez había uno nuevo que llegaba y al final nos hemos encontrado con doce personas viviendo en un piso de dos habitaciones. Mis compañeros por la noche nunca duermen, se quedan a discutir cosas tontas y hablando tan alto que les podía oír desde la calle, entonces ya no podía aguantar más y decidí cambiar de casa. Encontré un dormitorio en Torrejón de Ardoz a 300 € que compartía con un tío de mi país, pero siete meses pasaron y se me acabó el trabajo. Era abril de 2008, justamente cuando empezó la crisis. Volví otra vez a la misma pesadilla de antes, exactamente la misma situación que al principio, buscando un trabajo que no me salía. Esperé tres meses pero entonces había que hacer algo y volví a la venta de CD piratas. Esta vez me ponía en el metro de Legazpi para vender, pero llegó el día en que un vigilante de seguridad me persiguió hasta el vagón y me quería sacar de allí. No me había pedido billete ni documentación, me ordenó salir del vagón y yo me negué porque yo tenía billete. Tras empujarme durante unos minutos sacó su porra de defensa y me pegó dos veces hasta que tuvieron que intervenir dos personas que no conocía para defenderme de él. Esa noche volví a casa muy cabreado, tanto que no sabía lo que tenía que hacer. Volví a Legazpi para pedir explicaciones al jefe de este señor, pero cuando llegué este señor no tenía ni su porra de defensa y negaba haberme pegado. Me quité la camiseta para enseñarle los daños que me hizo pero esta gente no querían saber nada. Me pidieron que me marchara y no les ofendiera más. Decidí coger el metro otra vez pero estos señores me sacaron de la estación. Decidí ir a la policía y poner una denuncia, un asunto que todavía no está sentenciado.
Echo mucho de menos a mi país, y sobre todo a mi familia, mi madre, mis dos hermanos, mis dos hijos y mi mujer, una mujer de una belleza original, africana. Quiero mucho a mi mujer, la amo, la adoro, daría todo el dinero del mundo para volver a verla. Es la única que me hace sentir realmente humano cuando estoy a su lado.
Tengo la sensación de que no tengo familia, que no tengo nada, porque lo que buscaba en España no lo encontré y tengo dudas de si algún día lo voy a encontrar. Me gustaría mucho que los dirigentes de África revisasen sus formas de gobernar, porque las cosas no pueden seguir así. Es verdad que África ha sido víctima de tres siglos de esclavitud y colonización, pero esto desde luego no es una excusa. Hay que seguir adelante, hay que buscar soluciones, hay que trabajar y dejar de engañar a la gente, de robar y matar. Hay que hacer también reflexionar a Europa de lo que pasa en África y por qué pasa. Es posible que todos tengamos la culpa, pero todos no padecemos las consecuencias. Las decisiones se toman en Europa y la Tierra se resquebraja en África.
La inmigración es algo bueno en un sentido, pero hay que decir que toda la gente que viene de allí no tiene las mismas oportunidades y ni mucho menos las mismas capacidades. Sería una locura pensar que todos los jóvenes de África quieren seguir viniendo a Europa.

Mouhamadou Bamba Diop

El viaje de Bamba
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Desde muy joven siempre he tenido la idea de que Europa era lo mejor para tener una vida bastante aceptable, hoy me gustaría seguir creyendo eso pero viviendo lo que estoy viviendo con mis compañeros de piso, es algo casi imposible, por lo menos de momento.
De verdad pensaba que cuando llegara a España iba a encontrar un trabajo a mi gusto, un trabajo que me permitiera mantener a mi familia y sobre todo tener un éxito en mi vida. Pero hoy en día, por lo mucho que podemos contar, el futuro del inmigrante y además sin papeles es muy oscuro, difícil en todos los sentidos, con las leyes que no paran de endurecerse, con las pateras que no paran de llegar y con la crisis que cada vez se hace más profunda… Todo esto me ha hecho pensar que ya no vale la pena abandonar tu país de origen por venir a Europa o jugarse la vida en un cayuco para vivir en España.
Yo fui una de las personas que se jugó la vida para venir a España. Tras seis años buscando un visado que no pude conseguir, decidí lograr mis sueños a costa de lo que fuera. En el verano de 2006, en Senegal, la cantidad de pateras que salían eran muchas, sería impensable saber la cifra exacta. Este fue un período muy extraño donde todo el mundo parecía volverse loco por coger una patera para llegar a Europa. Según los medios de comunicación de Senegal, los sitios de embarcación de estas pateras eran los pueblos de los pescadores. Yo embarqué en uno de ellos que era el pueblo de mi madre, Kayar. Este día me marché a casa a las once de la mañana después de comer. Mi madre y mis hermanos no estaban en casa. Se habían ido a una ceremonia religiosa. Estaba mi mujer, mi hijo y yo en casa. Junto con un amigo me despedí de mi mujer quien me preguntaba dónde iba. Le dije que iba a dar un paseo a la playa. Yo y mi amigo cogimos un autobús rumbo a Kayar. Cuando llegamos a las cuatro de la tarde a la estación de autobuses de Kayar, la policía estaba haciendo un control porque en ese momento el gobierno de Senegal había decidió movilizar todos los agentes de policía para poner fin al fenómeno de las pateras. Entonces toda la gente que llegaba a este pueblo con maleta de viaje eran arrestados. Este día tuvimos suerte porque no llevábamos maleta ni nada que hiciera sospechar. Mi tío nos había preparado un cuarto en la residencia de mis abuelos para esperar la hora de partir. Mi tío tenía relación con el mafioso que organizaba el viaje, un hombre tan buscado por la policía… Este día nunca pensé que íbamos a viajar, en África el nivel de corrupción es tan elevado que se puede conseguir lo que sea con dinero porque seguramente los agentes de policía cobraban por cada patera que salía. Los mafiosos tenían a la policía en sus bolsillos. Al final conseguimos salir a las doce de la noche. Antes de esto, decidí llamar a mi mujer y contarle la verdad. Le expliqué brevemente que iba a coger una patera rumbo a España. No le dejé el tiempo para contestar porque seguramente me podría decir algo que me hiciera cambiar de opinión. Le dije que rezara por mí y cuidara de mi hijo y que la quería mucho. Un cayuco pequeño efectuaba el trayecto entre la playa y la patera que estaba a cinco kilómetros de la costa. Éramos los primeros en llegar a la patera. Una vez en ella, había muy poca gente. Detrás había dos motores, un montón de bidones que seguro llevaban carburante y agua. En el medio se habían colocado unas maderas como banquillos y delante se había puesto toda la comida. Para comer llevábamos leche, galletas, arroz y azúcar. Después de una hora, la patera estaba llena de gente. No había ni un sitio para poner un pie. Pero este viaje es tan ilegal que no se podía poner orden. Los mafiosos metían tanta gente como si fuéramos mercancía. Cuando llegó el momento que no cabía ni una mosca en la patera, el capitán, un hombre pescador, decidió partir. Entonces era la hora del discurso de despedida: «Este viaje es el viaje de Barça o Barzaq», que significa literalmente, «o Barcelona o el más allá». «Si alguien no está dispuesto a lograr este sueño, hasta morir por él, que se despida ahora. No habrá marcha atrás.» Los momentos que siguieron a este discurso eran muy emocionantes. Algunos se habían decidido a abandonar porque muchos de ellos habían empezado ya a vomitar. La mayoría de la gente que ha hecho este viaje son víctimas de las falsas informaciones que les habían dado los mafiosos. Jamás estuvieron en una patera. Así que la noche del sábado al domingo 27 de agosto de 2006, partimos para España. Nuestro primer día de viaje fue una noche tranquila de luna llena, una noche muy silenciosa. Sólo se escuchaba el ruido del motor y la patera que chocaba contra el agua. Ninguno de nosotros decía una sola palabra. Parecía que nuestras almas se habían desconectado de nuestros cuerpos. Atrás se podía ver las últimas luces del pueblo. Nos estábamos alejando de lo que fueron nuestras vidas, nuestros orígenes, nuestra identidad, lo que de verdad éramos. Aquella noche la mayoría de la gente no comió nada. Tantos vomitaron hasta ponerse enfermos que no había ganas de comer. Era una locura. Acabábamos de darnos cuenta. Eso no había hecho nada más que empezar. El día siguiente, después de dormir sentado toda la noche, nos dolía todo el cuerpo. Algunos tenían fiebre, otros parecían a punto de perder la conciencia. El capitán, con su equipo, intentaba ayudar a los que ya no podían más. Al mediodía, el cocinero que había hecho arroz, repartió la comida a la gente que aún podía comer algo. No había nada más que agua por todas partes, el cielo y el sol. No se podía saber si íbamos al norte, al sur, al este o al oeste. Para mí era un viaje sin sentido, un viaje hacia la muerte segura. Los primeros cuatro días fueron iguales hasta que se cambió el tiempo. Allí, justo, llegamos al infierno. El mar se había puesto horrible y nuestra patera empezó a hacer aguas. Tanto que decidí con mi amigo organizar un grupo para achicar agua. Pero cada vez que sacábamos un recipiente de agua fuera, parecía que no habíamos hecho nada. En este momento pensé que nos íbamos a hundir y la mayoría de la gente empezaba a llorar. Es muy difícil ver un adulto llorar pero tenían razón, la situación era desesperada. Parecía que no avanzábamos hacia ninguna parte, sólo había mar, el horizonte no estaba para nosotros. Pensé que habíamos caído en una trampa. Era una locura pensar que una patera podía llegar hasta España. Todo esto volvió locos a algunos de mis compañeros y empezaron a ver alucinaciones. Se querían tirar al agua y por la noche, algunos se tiraron al mar. No era para suicidarse, pensaron que estaban aún en tierra. Decían sentir la llamada de sus hijos o sus madres, esperándoles en el fondo del mar. Había gente despellejada por la sal, con heridas profundas en la boca, las piernas o el rostro. Muchos de mis compañeros de viaje no querían moverse ni para hacer sus necesidades y permanecían inmóviles inmersos en sus propios excrementos. Otros, recitaban sin parar versos del Corán. Todo esto no le afectaba a ninguno de los pescadores que manejaban la patera, acostumbrados al mar. Los tres últimos días fueron así, hasta que llegó la tarde del viernes y divisamos luces en el horizonte. Parecía que llegábamos a tierra. O tal vez un barco… Era la salvación para nosotros. Por fin encontramos lo que buscábamos, tierra firme, nada más.
Sábado 2 de septiembre de 2006. Llegué a la Isla del Hierro. Nunca había visto una isla tan grande. Eran las nueve de la mañana hora local, nuestra patera arribaba con setenta y cuatro personas a bordo. Había nueve menores, éramos todos hombres. Jamás había visto tantos hombres blancos, el olor que venía de ellos me mareaba, la mayoría llevaban uniforme de color rojo y blanco, otros vestían de verde y otros usaban uniforme de color azul oscuro. Nos sacaban del cayuco, nos colocaban para contarnos. Algunos de nosotros apenas podíamos andar, nos quitaban la ropa y nos daban otra nueva. De lejos se podía ver gente apoyada en sus ventanas viendo un escenario que yo pensaba que era inhabitual para ellos. Un hombre con uniforme que seguramente era policía, se puso delante de nosotros y nos hizo la siguiente pregunta: «¿Quién habla castellano aquí ?». Esta pregunta se quedó sin respuesta. Volvió a hacerla otra vez pero en francés, y tampoco consiguió respuesta aunque la hizo una tercera vez en inglés. Después de unos minutos decidí hablar con él porque no había más que hacer. Aunque tenía miedo dije: yo hablo castellano. Este agente, con un gesto de sorpresa, volvió otra vez a hacerme la misma pregunta y yo la misma respuesta. Allí empecé mi primer trabajo en España, me convertí en un traductor.
Después de pasar dos días en la Isla del Hierro, nos trasladaron a Tenerife a un centro de acogida que se llamaba Las Raíces, en realidad era un campo militar. Este centro tenía dos partes, una para los militares y la otra para nosotros que a su vez se dividía en otras dos partes llamadas Campamento A y Campa- mento B. Yo estaba en el B que era más grande, casi el doble que el A. Tenía ciento veintiocho tiendas, dos duchas grandes, dos comedores enormes, más de veinte servicios y la tienda de los policías. Cada tienda era ocupada por veinticuatro personas y veinticuatro camas. No es difícil imaginar el mundo que teníamos allí. Cada día yo tenía que organizar el reparto del desayuno, la comida y la cena. Colocaba a la gente en filas según las pateras a las que pertenecían. Cada grupo de patera, desde su tienda, tenía que hacer dos filas andando como militares hacia el comedor. Cuando a uno le tocaba su turno de comer, otros tenían que esperar en pie hasta que terminaran los primeros. Así, apenas había tiempo para que acabaran las 3072 personas de tomar el desayuno cuando aparecía el camión de la comida, y lo mismo pasaba con la cena. Cada vez que surgía un problema, lo que sea, me tocaba trabajar, era un trabajo sin descanso, sin horarios, sin sueldo. Tenía que llevar todas las mañanas unas cuarenta personas para buscar agua en el campamento A, y llevar a los enfermos a la Cruz Roja, limpiar todo el campamento con un grupo elegido por la policía que luego recibían comida a cambio de sus trabajos. Así, aparte de mi trabajo, también debía solucionar las peleas entre personas, organizar las salidas y las llegadas, atender a la gente que le hacía falta materiales como ropa, camisetas, pantalones, zapatos, productos para lavar la boca, para afeitar, etc. Esto fue mi vida diaria en este centro durante casi tres meses.
Normalmente, en este centro de acogida el tiempo legal que debe estar una persona es de cuarenta días pero, después de cumplir el período legal, me pidió el jefe de policía que me quedara para trabajar con ellos a cambio de arreglarme los papeles. Esta propuesta era inesperada para mí. Entonces seguí allí durante un mes y medio más. Ya no dormía en el centro. Cada tarde, un inspector me recogía para llevarme a su casa y viví allí durante el tiempo en que trabajé gratis en este centro. Nos levantábamos de madrugada para ir al trabajo y el trayecto hacia el centro me permitió ver más o menos lo maravilloso que era Tenerife, un lugar de ensueño. Pero después de que me consiguieran un precontrato me informaron que no podían arreglarme los papeles porque según la ley eso era imposible antes de tres años. Este inspector me dijo que era mejor que me fuera porque no me darían nunca lo prometido. Me conseguí un billete de avión para Málaga a través de la Cruz Roja. Me fui de Tenerife. Llegué a Málaga por la noche y cogí un autobús para Almería donde vivía mi primo.
Una vez en Almería encontré a mi primo que llevaba ya dos años en España. Él me recogió en la estación de autobuses de Roquetas del Mar. Era un miércoles por la tarde. Mi primo vivía en el barrio de las doscientas viviendas, un barrio muy famoso porque casi el noventa y cinco por ciento de la gente que vive allí son inmigrantes; senegaleses, malienses, ghaneses, nigerianos, marroquíes y rumanos. El piso donde estaba viviendo mi primo tenía dos dormitorios y un salón ocupado por seis personas, todas se dedicaban a la venta de CD piratas. Después de un día de reconocimiento del terreno me fui a buscar un trabajo en los campos que no conseguí porque había tanta gente que no había trabajo para todos. Entonces me quedaba una opción, que era la de la venta de los CD piratas. Esta venta se hacía en los mercadillos que tenían lugar en algunos sitios de Almería. Mi primo me dio una mochila con más de noventa CD y películas y una manta con cuerdas que servía para poner en el suelo. Un trabajo horroroso que no tiene nada que ver con un trabajo normal, porque siempre estás pendiente de algún agente de policía que te puede pillar y llevarte a la comisaría. A mí de verdad este trabajo me daba mucha vergüenza. Me veía mal y muy ridículo cogiendo una manta y corriendo entre la gente, aunque con esto me ganaba un poco la vida. Catorce días pasaron y llegó el día en que me pilló la policía con un coche en el que llevábamos películas, CD piratas y perfumes. Mi primo decidió llevarse la culpa por lo que le condenaron a ocho meses de cárcel y tres mil euros de multa. Entonces estaba solo en España, ni familia ni amigos, ni conocidos, ni nadie, el vacío total, con un dormitorio que pagar cada mes que me había alquilado mi primo en un piso frente al suyo, con una máquina para grabar CD y DVD, un montón de copias falsas y CD vírgenes. Este piso lo compartía con dos personas de origen nigeriano, un hombre que no sabía a qué se dedicaba y una mujer con su niña pequeña que seguro era prostituta. Después de dos días de caos, de confusión, buscando abogado para mi primo, decidí al fin seguir adelante y sustituir a mi primo en el negocio de los CD que le costó la cárcel. Desde entonces solamente grababa y vendía a la gente que iba al mercadillo. Alquilaba un coche para ir a Granada, comprando el material que necesitaba, CD vírgenes, copias, plásticos, etc.
Siete meses pasaron y cada vez el negocio me salía menos rentable. Decidí moverme. Era ya junio de 2007, un mes que nunca olvidaré como aquel octubre de 2006 cuando, estando en la Playa de los Cristianos en Tenerife me llamaron por teléfono para anunciarme que mi mujer había tenido un niño. Estaba embarazada de siete meses cuando me marché de casa. Aquel día estaba feliz y triste a la vez pero hoy se trataba de una mala noticia, acababa de perder a mi padre. Cada día, a cada momento se muere la gente sin que te des cuenta pero solamente hace falta que le toque a uno de tus seres queridos para que te enteres realmente lo cruel que es la muerte. Yo amaba a mi padre y me gustaría mucho volver a verlo, a compartir con él sus últimos días de vida. En realidad este hombre lo era todo para mí, una referencia, la seguridad, en definitiva un padre en todos los sentidos. Tenía una enfermedad que había afectado a su corazón. Después de diez días en el hospital volvió a casa y perdió la vida después de cenar. Era un martes. Este día hablé con él por teléfono y hoy cuando me acuerdo entiendo por qué me había dicho aquellas palabras… un discurso sobre la vida, lo corta que es. Me dijo que siempre hay que rezar y hacer cosas buenas como si fueras a morir mañana, pero al mismo tiempo trabajar y adaptarse en el lugar donde vives como si nunca fueras a morir. Este día lloré durante toda la noche. Cada vez que me pasan por la cabeza las imágenes de mis dos hijos y mi padre me pregunto si la vida que llevo vale la pena vivirla, tan lejos de casa, de mi gente, de mis seres queridos. Estos días, de verdad, fueron los peores de mi vida. En ese momento pensé realmente volver a casa, pero al final decidí ir a Madrid.
Vine a Madrid una semana después de la muerte de mi padre. Aquí también me esperaba una nueva oportunidad. Llegué un viernes a las seis de la mañana a la estación Sur de Méndez Álvaro. Cogí un taxi que me llevó al barrio de Lavapiés donde vivía un amigo de la infancia, en la calle Jesús y María. Allí encontré algo que no me imaginaba, un piso patera. Se trata de un piso donde vivía mucha gente. En este había doce personas, apenas se podía encontrar un rincón donde pasar la noche, era un verdadero agujero que le había alquilado a un bangladesh por 1.200 € al mes. Este piso tenía cuatro dormitorios y un salón. Allí también, como en Almería, era a la venta de los CD piratas a lo que se dedicaban los que vivían allí. Al día siguiente cogí mi mochila y fui a buscarme la vida por donde fuera. Después de un rato en la Renfe bajé en una ciudad llamada Torrejón de Ardoz. Allí encontré gente de Ecuador ejerciendo esta venta ilegal en una calle peatonal cerca de la Plaza Mayor. De verdad en este sitio me iba muy bien porque cada tarde al menos podía conseguir 50 €, pero cuanto más arriba subes más dura es la caída. Después de un mes de venta me pilló la policía local con un chico de Ecuador y pasé mi primera noche en prisión. Esta noche pensé que el mundo se había parado porque después de que me metieran en este cuarto cerrado con puertas de hierro ya no podía saber ni la hora ni el tiempo, nada del mundo exterior, esto fue una experiencia muy dolorosa para mí. Al día siguiente me llevaron al juzgado y la jueza me dictó una sentencia. Mi abogado me informó que me tocaba firmar cada día uno y quince del mes. Regresé a casa muy hundido, tan hundido que ya no quería ni oír hablar de los CD. Se me fueron las ganas de vivir. Ya no tenía valor para hacer este trabajo. No pasaba ni un día sin que uno de mis compañeros de piso pasara la noche en la comisaría. Nunca había visto tanta seguridad en las calles de Madrid. Ahora parece que toda la gente que lleva gafas de sol son de la policía secreta. Había que buscarse otra cosa, fuera lo que fuera.
Después de un mes de inactividad la gente con la que vivía decidieron cambiar de piso y dividirse en diferentes lugares. Encontramos un piso cerca de la plaza de Lavapiés, con tres dormitorios y un salón. El dueño era un hombre de Pakistán que nos pidió una tarjeta de residencia para hacer el contrato y 3.600 € para la fianza. Le dimos una parte. En un papel este señor escribió y reconoció haber recibido 1000 € de nosotros y firmó con su DNI. Se quedó con una copia y nos dio la otra, pero una semana después, cuando le pedimos que nos devolviera el dinero porque no teníamos la parte que faltaba, este señor se negó a devolvérnoslo porque dijo que había caducado la fecha del precontrato. Después de discutir con él vino la policía y los agentes nos informaron que no se podía hacer nada porque el precontrato era ilegal y no teníamos pruebas suficientes para culpar a este señor. La verdad es que la primera cosa que aprendes cuando estás aquí es que no te puedes fiar de nadie, ni de ti mismo. Este tío nos había robado el dinero. Al final reunimos el dinero suficiente para conseguir otro piso de dos habitaciones en Lavapiés que costaba 850 € al mes. Desde el principio éramos seis personas. Era ya agosto de 2007.
Un mes después conseguí un trabajo en San Martín de la Vega en un almacén de andamios. En este almacén trabajé siete meses seguidos cobrando 50 € al día y pagando 100 € por los papeles que me había alquilado un señor de origen ghanés. En este país puedes trabajar con los papeles de otro porque la mayoría de los blancos creen que todos los negros son iguales y no pueden distinguir unos de otros. Cada día me levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar pero en nuestro piso de verdad no se puede vivir si estás trabajando porque cada vez había uno nuevo que llegaba y al final nos hemos encontrado con doce personas viviendo en un piso de dos habitaciones. Mis compañeros por la noche nunca duermen, se quedan a discutir cosas tontas y hablando tan alto que les podía oír desde la calle, entonces ya no podía aguantar más y decidí cambiar de casa. Encontré un dormitorio en Torrejón de Ardoz a 300 € que compartía con un tío de mi país, pero siete meses pasaron y se me acabó el trabajo. Era abril de 2008, justamente cuando empezó la crisis. Volví otra vez a la misma pesadilla de antes, exactamente la misma situación que al principio, buscando un trabajo que no me salía. Esperé tres meses pero entonces había que hacer algo y volví a la venta de CD piratas. Esta vez me ponía en el metro de Legazpi para vender, pero llegó el día en que un vigilante de seguridad me persiguió hasta el vagón y me quería sacar de allí. No me había pedido billete ni documentación, me ordenó salir del vagón y yo me negué porque yo tenía billete. Tras empujarme durante unos minutos sacó su porra de defensa y me pegó dos veces hasta que tuvieron que intervenir dos personas que no conocía para defenderme de él. Esa noche volví a casa muy cabreado, tanto que no sabía lo que tenía que hacer. Volví a Legazpi para pedir explicaciones al jefe de este señor, pero cuando llegué este señor no tenía ni su porra de defensa y negaba haberme pegado. Me quité la camiseta para enseñarle los daños que me hizo pero esta gente no querían saber nada. Me pidieron que me marchara y no les ofendiera más. Decidí coger el metro otra vez pero estos señores me sacaron de la estación. Decidí ir a la policía y poner una denuncia, un asunto que todavía no está sentenciado.
Echo mucho de menos a mi país, y sobre todo a mi familia, mi madre, mis dos hermanos, mis dos hijos y mi mujer, una mujer de una belleza original, africana. Quiero mucho a mi mujer, la amo, la adoro, daría todo el dinero del mundo para volver a verla. Es la única que me hace sentir realmente humano cuando estoy a su lado.
Tengo la sensación de que no tengo familia, que no tengo nada, porque lo que buscaba en España no lo encontré y tengo dudas de si algún día lo voy a encontrar. Me gustaría mucho que los dirigentes de África revisasen sus formas de gobernar, porque las cosas no pueden seguir así. Es verdad que África ha sido víctima de tres siglos de esclavitud y colonización, pero esto desde luego no es una excusa. Hay que seguir adelante, hay que buscar soluciones, hay que trabajar y dejar de engañar a la gente, de robar y matar. Hay que hacer también reflexionar a Europa de lo que pasa en África y por qué pasa. Es posible que todos tengamos la culpa, pero todos no padecemos las consecuencias. Las decisiones se toman en Europa y la Tierra se resquebraja en África.
La inmigración es algo bueno en un sentido, pero hay que decir que toda la gente que viene de allí no tiene las mismas oportunidades y ni mucho menos las mismas capacidades. Sería una locura pensar que todos los jóvenes de África quieren seguir viniendo a Europa.

Mouhamadou Bamba Diop